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martes, 29 de mayo de 2012
Integridad territorial a toda costa.
El presidente Asif Ali Zardari y el primer ministro Syed Yusuf Raza Gilani, jefe de Estado y de Gobierno, respectivamente, de Pakistán, han manifestado que la integridad y la soberanía de Pakistán se mantendrán a toda costa. No sólo ante las incursiones aéreas de la OTAN en la región de Waziristán, de mayoría pashtún, sino también ante las fuerzas centrífugas de diversas regiones, como el Baluchistán y el Sindh. Es que los otros grupos étnicos recelan del poder acumulado por los punjabis durante los años del régimen autoritario del ex presidente general Pervez Musharraf, y estas demandas de mayor autonomía en regiones del sur, así como la ausencia de control fronterizo con Afganistán, se expresan con mayor claridad en esta etapa democrática de Pakistán. La persistencia de Pakistán como un todo integrado tiene sentido frente a la India, pero no en sí misma, una creación artificial de la Liga Musulmana y de Mohammed Ali Jinnah. Desde esta lectura, no es sorprendente que el mismo día se realizó una nueva prueba del misil Hatf IX, que puede portar una cabeza nuclear y con un alcance limitado de 60 kilómetros.
miércoles, 23 de mayo de 2012
Kashmir, a cuarenta años del Acuerdo de Simla.
Kashmir o Cachemira es una de las regiones más disputadas en el mundo. Allí se entreveran la India, Pakistán y la República Popular China, anhelando tener la posesión de este enclave que abre las puertas al Asia Central.
Kashmir, en el seno del imperio británico de la India, era gobernada por el Maharaja Hari Singh en el momento de la independencia en 1947. Era una de las tantas regiones que no estaba directamente administrada por los británicos y que, por consiguiente, debía optar por formar parte de Pakistán o la India.
Jammu y Kashmir tienen una gran diversidad étnica, religiosa y lingüística: en Ladaj, al este, está poblada mayormente por tibetanos budistas; en Baltistan son étnicamente próximos a los tibetanos, pero practican el Islam shiíta; como también Gilgit hay predominio shiíta; el valle de Kashmir propiamente está habitado mayoritariamente por musulmanes, pero hay una importante minoría hindú, los pandits. El Maharaja era hindú.
La creación de Pakistán fue una de las demandas de la Liga Musulmana y su líder, Mohammed Alí Jinnah, que buscaba reunir a todos los indios musulmanes en un solo país, separado. Así fue como se formó este nuevo país que, hasta 1971, comprendía al actual Pakistán (occidental) y el ahora Bangladesh (hasta entonces "Pakistán oriental"). El problema en Kashmir surge en el momento de tomar la decisión por integrarse a la India o Pakistán: el Maharaja Hari Singh jugó con la posibilidad de mantenerse independiente en esa posición estratégica, como un Estado tapón entre tres colosos.
Pero esas veleidades independentistas no lograron mantenerse por mucho tiempo, cuando grupos secesionistas musulmanes de Punch (que fue incorporado al principado en 1936) se rebelaron en 1947. De acuerdo al censo de 1940, el 77% de la población era musulmana, el 20% hindú, repartiéndose el resto entre otras minorías. Los rebeldes de Punch fueron asistidos por pathanes de Pakistán, formando el Azad Kashmir (Kashmir libre). El Maharaja pidió asistencia militar a la India, prometiendo a cambiar su adhesión a la Unión India en octubre de 1947. Este acuerdo será uno de los argumentos esgrimidos por los sucesivos gobiernos de la India para legitimar la incorporación.
Maharaja Hari Singh (1895-1961)
Para este representante, no tenía sentido un plebiscito para la totalidad del territorio, dada su heterogeneidad, por lo que sugirió plebiscitos por áreas, para determinar cuáles querrían formar parte de uno u otro país. O bien restringir esta consulta a las áreas "grises", en tanto que las que ya estaban definidas que se integraran directamente a la India o Pakistán.
El gobierno de la India tuvo simpatía por esta posición, mas no fue una opinión compartida por el de Pakistán, que buscaba un plebiscito que decidiera sobre el futuro de toda la región.
La parte india fue administrada por el Sheij Abdullah, quien convocó a una asamblea constituyente en 1951; formalmente, a la Unión India sólo le había delegado la política exterior y la defensa, de acuerdo al status especial acordado a este y otros principados en la Constitución. El Sheij Abdullah firmó con Jawaharlal Nehru un Acuerdo de Delhi, y en 1956 la asamblea constituyente declaró formalmente que Jammu y Kashmir era parte integral de la India. De acuerdo a los sucesivos gobiernos de la India, esta asamblea constituyente y las elecciones que le siguieron han sido expresión legítima del deseo de la población a ser parte constitutiva de la Unión India, por lo que carece de sentido convocar al plebiscito originalmente pactado. Es claro que los gobiernos de Pakistán niegan validez a los comicios generales como reemplazo del plebiscito.
En 1962, en la guerra sino-india, la República Popular China tomó el control de la región que ha pasado a denominarse Aksai Chin, así como al año siguiente Pakistán cedió parte de los territorios que controlaba a China. En 1965 se produjo la primera guerra entre India y Pakistán. Año siguiente firmaron la Declaración de Tashkent, tras la mediación soviética, en la que se comprometían a la resolución pacífica del conflicto. No obstante, en 1971 volvieron a enfrentarse, cuando Bangladesh se emancipó del -hasta entonces- Pakistán occidental. A raíz de esta nueva guerra, se llegó al Acuerdo de Simla, rubricado el 3 de julio de 1972 por el presidente pakistaní Zulfikar Alí Bhutto y la primer ministro india Indira Gandhi, por el que se determinó respetar la llamada "línea de control", sin perjuicio de lo reclamado y sostenido por ambas partes, que en pocas semanas más cumplirá cuarenta años, sin haber logrado avances sustanciales en la determinación de la frontera definitiva ni, mucho menos, en la solución de un conflicto que siguió en el tiempo. En otras entradas, más adelante, habremos de desarrollar el agravamiento de la situación por el blanqueo de ambos países de la posesión de armas nucleares en 1998, así como por la guerra global contra el terrorismo de signo islamista tras los atentados del 11 de septiembre del 2001, que desarrolló su accionar sangriento contra víctimas civiles en la India.
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sábado, 12 de mayo de 2012
La línea Durand, un límite ficticio.
Afganistán fue, en la centuria decimonónica, un país independiente entre las ambiciones expansionistas del Imperio Ruso -que fue incorporando a la fuerza los janatos de Bujara, Jiva y Kokand- y el vasto imperio británico de la India, el Raj Británico. Fue, por consiguiente, una pieza clave en el Gran Juego que se desarrolló en Asia central. Los británicos intentaron en dos ocasiones conquistar este montañoso reino, y en ambas guerras salieron derrotados con pérdidas cuantiosas.
En 1893, las autoridades británicas en la India impusieron al entonces emir afgano Abdur Rahman una frontera artificial en lo que era una región de continuas disputas. El propulsor de esta frontera fue el entonces secretario de exteriores Sir Mortimer Durand; el emirato afgano, a cambio de este trazado, recibiría un subsidio anual. Esto ponía fuera de la autoridad del emir vastas porciones de territorio que hasta entonces se consideraban en su soberanía, así como partió por la mitad a la población pashtún, que se hallaba -y aún hoy persiste esa situación- a ambos lados de la línea Durand.
Los británicos nunca lograron un control efectivo de esa frontera noroeste, entendiéndose directamente con los líderes tribales, los malik, para mantener el orden en la región. Los gobiernos afganos nunca aceptaron de iure esta frontera impuesta, pero debieron tolerarla de facto ante la presión de las fuerzas europeas en la región. Cabe agregar que ningún régimen político afgano ha reconocido esta demarcación, cuestión que renació cuando se creó la República Islámica de Pakistán, en 1947.
Cuando los británicos se retiraron de la India -que comprendía los territorios de lo que actualmente son la India, Pakistán y Bangladesh-, más de la mitad del territorio estaba bajo soberanía de varios reyes y príncipes que aceptaron la supremacía europea hasta entonces, sin control directo de los ingleses. Se dispuso que, por consiguiente, estos monarcas debían decidir si formarían parte de la India o Pakistán. Afganistán, en esa circunstancia, exigió que también pudiesen decidir su retorno a ese país, dado que el convenio de la línea Durand caducaba con el retiro de los británicos del sur de Asia.
Pakistán, un país multiétnico que no tiene una identidad nacional definida -lo que los une es su carácter mayoritariamente musulmán, frente a la India-, mantuvo la línea Durand como su frontera respecto a Afganistán, y sus sucesivos gobiernos no han estado dispuestos a negociar este trazado.
Lo cierto es que ningún gobierno pakistaní ha tenido control efectivo sobre esta región y, de hecho, los pashtunes ignoran por completo ese límite, siendo un área en la que el Estado está ausente en su rol del uso de la fuerza. Zona de contrabando, se transformó en una región caliente cuando: a) la Unión Soviética invadió Afganistán entre 1979 y 1989, ya que por allí los combatientes antisoviéticos recibieron armas procedentes de Estados Unidos y la República Popular China, y b) a partir del año 2001 y la invasión de la OTAN a Afganistán para derrocar al régimen de los Talibán, ya que estos y los guerrilleros de Al Qaeda tuvieron un santuario al que no ingresaron las tropas de la alianza atlántica en Pakistán.
Estados Unidos ha venido presionando para que el gobierno de Pakistán controlara efectivamente la región del noroeste, a fin de evitar los movimientos islamistas allí radicados, sin éxito.
Una alternativa sería la creación del Pashtunistán como una nación independiente, lo que significaría que tanto Afganistán como Pakistán perderían la mitad de sus actuales territorios, lo que no será aceptado por ninguno de los gobiernos. Otra posibilidad es que los pashtunes se reintegren a Afganistán -en donde ya son la etnia mayoritaria-, pero ningún gobernante pakistaní aceptaría la secesión de la mitad del país.
Un callejón sin salida en una región atravesada por conflictos que, tras decenios de guerras, sigue ahondando sus pesares.
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martes, 8 de mayo de 2012
"Torneo de sombras", de Karl E. Meyer y Shareen Blair Brysac.
Torneo de sombras: el Gran Juego y la pugna por la hegemonía en Asia central es un libro de Karl E. Meyer y Shareen Blair Brysac sobre el conflicto por el dominio del corazón del continente asiático que se desarrolló primero entre el Imperio Ruso y Gran Bretaña en el siglo XIX, luego la URSS y Gran Bretaña, y finalmente entre la Unión Soviética y Estados Unidos hasta finales de la guerra fría. El estilo tiene la agilidad de la prosa periodística, lo que lo hace sumamente atractivo para el lector que se aproxima por primera vez a la temática, pero no por ello carece de seriedad.
Desde la expansión británica en la India y la anexión rusa de pequeños janatos en Asia central como Bujara y Jiva, era inevitable el choque de ambos imperios europeos en países como Afganistán y Tíbet. En un buen contrapunto, los autores describen las ambiciones, los prejuicios y las acciones de los gobiernos europeos por llevar su control al terreno. Así fue como los británicos invadieron Afganistán en dos ocasiones -con resultados adversos- en la centuria decimonónica, temiendo que ese complejo país llegara a ser dominado por los rusos y, con ello, amenazaran su imperio en la India. De gran interés resultan, entonces, las expediciones geográficas, cartográficas, botánicas, zoológicas y etnológicas que impulsaron ambos colosos europeos, ya sea de científicos propios, o bien de otras nacionalidades. Tanto la Royal Geographical Society como la Sociedad Geográfica Imperial de Rusia fueron promotoras de la investigación en esa extensa geografía, a fin de recabar todos los conocimientos que pudieran ser útiles para la guerra como la posesión en tiempos de paz. Audaces y, en varias oportunidades, chiflados exploradores de Europa, Asia y América se lanzaron a trazar mapas, buscar el nacimiento de los ríos, recabar especímenes y conocer lenguas. Sus hazañas recibían el aplauso de entusiastas lectores que, fascinados por adentrarse en esas latitudes enigmáticas, devoraban los libros de los audaces aventureros.
Esa rivalidad se conoció por los ingleses, en el siglo XIX, como el Gran Juego (Great Game) y como el Torneo de Sombras, por los rusos.
Con la revolución bolchevique y la creación de la Unión Soviética, se generó una nueva rivalidad en la que el Tíbet ocupó un lugar central, dada su situación ambigua con respecto a la República China. Tanto británicos como soviéticos tuvieron especial interés en esa vasta región, en la que desplegaron su política para acercarse al XIII Dalai Lama y al IX Panchen Lama, enemistados.
Los alemanes, por su lado, intentaron apelar a los sentimientos nacionalistas en las dos guerras mundiales. En la primera conflagración, el kaiser Guillermo II intentó provocar el levantamiento de los pueblos de Asia Central; luego, el nazismo promovió expediciones al Tíbet, patrocinadas por Heinrich Himmler, en las que buscaban las raíces arias comunes con los tibetanos... En ambas contaron con el visto bueno del explorador sueco Sven Hedin.
Asia Central atrajo y sigue atrayendo las fantasías. Así fue como los teósofos ubicaron a la mítica Shambhala en esa región, Agvan Dorzhev intentó que el Tíbet fuera protegido por el Zar-Bodhisattva, los nazis quisieron creer en que los mitos de Thule y Shambhala eran el mismo, y que los tibetanos eran arios, Nicholas Roerich habló del Zar Rojo (Lenin) y también entusiasmó al secretario de Agricultura, y luego vicepresidente de Estados Unidos, Henry Wallace...
El libro es fascinante porque la historia de la región lo es. Es un texto que invita a seguir estudiando y leyendo sobre Asia Central.
Karl E. Meyer y Shareen Blair Brysac, Torneo de sombras. Barcelona, RBA, 2008. ISBN 978-84-9867-182-7
Desde la expansión británica en la India y la anexión rusa de pequeños janatos en Asia central como Bujara y Jiva, era inevitable el choque de ambos imperios europeos en países como Afganistán y Tíbet. En un buen contrapunto, los autores describen las ambiciones, los prejuicios y las acciones de los gobiernos europeos por llevar su control al terreno. Así fue como los británicos invadieron Afganistán en dos ocasiones -con resultados adversos- en la centuria decimonónica, temiendo que ese complejo país llegara a ser dominado por los rusos y, con ello, amenazaran su imperio en la India. De gran interés resultan, entonces, las expediciones geográficas, cartográficas, botánicas, zoológicas y etnológicas que impulsaron ambos colosos europeos, ya sea de científicos propios, o bien de otras nacionalidades. Tanto la Royal Geographical Society como la Sociedad Geográfica Imperial de Rusia fueron promotoras de la investigación en esa extensa geografía, a fin de recabar todos los conocimientos que pudieran ser útiles para la guerra como la posesión en tiempos de paz. Audaces y, en varias oportunidades, chiflados exploradores de Europa, Asia y América se lanzaron a trazar mapas, buscar el nacimiento de los ríos, recabar especímenes y conocer lenguas. Sus hazañas recibían el aplauso de entusiastas lectores que, fascinados por adentrarse en esas latitudes enigmáticas, devoraban los libros de los audaces aventureros.
Esa rivalidad se conoció por los ingleses, en el siglo XIX, como el Gran Juego (Great Game) y como el Torneo de Sombras, por los rusos.
Con la revolución bolchevique y la creación de la Unión Soviética, se generó una nueva rivalidad en la que el Tíbet ocupó un lugar central, dada su situación ambigua con respecto a la República China. Tanto británicos como soviéticos tuvieron especial interés en esa vasta región, en la que desplegaron su política para acercarse al XIII Dalai Lama y al IX Panchen Lama, enemistados.
Los alemanes, por su lado, intentaron apelar a los sentimientos nacionalistas en las dos guerras mundiales. En la primera conflagración, el kaiser Guillermo II intentó provocar el levantamiento de los pueblos de Asia Central; luego, el nazismo promovió expediciones al Tíbet, patrocinadas por Heinrich Himmler, en las que buscaban las raíces arias comunes con los tibetanos... En ambas contaron con el visto bueno del explorador sueco Sven Hedin.
Asia Central atrajo y sigue atrayendo las fantasías. Así fue como los teósofos ubicaron a la mítica Shambhala en esa región, Agvan Dorzhev intentó que el Tíbet fuera protegido por el Zar-Bodhisattva, los nazis quisieron creer en que los mitos de Thule y Shambhala eran el mismo, y que los tibetanos eran arios, Nicholas Roerich habló del Zar Rojo (Lenin) y también entusiasmó al secretario de Agricultura, y luego vicepresidente de Estados Unidos, Henry Wallace...
El libro es fascinante porque la historia de la región lo es. Es un texto que invita a seguir estudiando y leyendo sobre Asia Central.
Karl E. Meyer y Shareen Blair Brysac, Torneo de sombras. Barcelona, RBA, 2008. ISBN 978-84-9867-182-7
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